Nosotros pertenecemos a una cultura, a una tradición de pensamiento filosófico en la cual la pregunta fundamental ha sido la pregunta por el ser, la búsqueda de la identidad del ser, la búsqueda de su esencia. En otras palabras, lo que propongo es cambiar pregunta por el ser. por la pregunta por el hacer, y preguntar: ¿Cómo hacemos lo que hacemos?
Si cambiamos la pregunta del ser por la pregunta ¿cómo hacemos lo que hacemos? en el fondo lo que hacemos es preguntarnos por nosotros mismos.
Si no aceptamos esta pregunta no pasa absolutamente nada. Si no nos preguntamos cómo hacemos lo que hacemos, no pasa nada, seguimos haciendo lo que hacemos como si tuviésemos la capacidad de hacer lo que hacemos como una propiedad intrínseca.
Pero si nos preguntamos ¿cómo hacemos lo que hacemos? abrimos un espacio de reflexión. Y la pregunta, por supuesto, lo que está pidiendo es una explicación por respuesta. ¿Cómo hacemos lo que hacemos? Si aceptamos la pregunta nos comprometemos o a proponer o a escuchar la proposición, ¿de qué? bueno, de una explicación, y ¿qué es lo que queremos escuchar?, la proposición de un proceso tal que si tuviese lugar el resultado sería lo que queremos explicar.
Por ejemplo, cuando Uds. piden una explicación, qué es lo que quieren oír?. Cuando se dice a alguien, “Ud. llegó tarde”, lo que esperamos oír es un relato de un suceder tal que si hubiese tenido lugar, el resultado sería el haber llegado tarde.
Ese relato se transforma en explicación en el momento en que lo aceptamos, porque si no lo aceptamos no es explicación.
Pero si una vez que aceptamos la pregunta, nos preguntamos qué estaríamos aceptando al no aceptar la pregunta, aparece algo muy interesante. Se hace evidente que al no aceptar la pregunta por cómo hacemos lo que hacemos, estamos aceptando implícitamente que tenemos la habilidad intrínseca de hacer referencia a un mundo independiente de nosotros.
Hablamos de las cosas que están ahí, fuera de nosotros: “¡El florero está sobre la mesa¡ decimos. ¿Cómo sabes que el florero está sobre la mesa?, “Lo veo, ¿no ves que está ahí”. Y el que aceptamos que las cosas están ahí con independencia de nosotros se nota en los argumentos que damos al otro: “pero si está ahí, míralo, todo el mundo lo puede ver”, y todo el mundo lo puede ver porque está ahí con independencia de lo que yo digo; yo no soy responsable de lo que esté ahí, pero yo lo puedo decir que está ahí porque veo que está ahí. Esa es la actitud cotidiana, es así como vivimos cuando no nos preguntamos como hacemos lo que hacemos. Y para este modo de estar tenemos una expresión, esa expresión es objetividad.
El ser objetivo indica que cuando uno dice que es objetivo está diciendo que lo que él dice se fundamenta externamente. Los fundamentos que van dando validez a lo que yo digo son externos a mi. Cuando a uno le dicen, eres subjetivo, lo que le están diciendo es: los fundamentos de lo que tu dices no son externos a ti, sino que están en ti.
Con esta actitud desvalorizamos lo subjetivo.
Pero, si hemos aceptado la pregunta y queremos una respuesta explicativa, si queremos una explicación por respuesta, lo que hacemos es estudiar cómo hacemos lo que hacemos. Y una de las formas que uno tiene para estudiar como pasa algo es interfiriendo con aquello.
Si el observador no acepta preguntarse cómo hace lo que hace, explica su experiencia buscando alguna referencia a lo objetivo, a lo que él o ella llama la realidad, y opera en el supuesto implícito de que él o ella tiene un acceso privilegiado a ver las cosas como son, ya sea directamente o según algún procedimiento racional. Maturana llama a este camino explicativo el camino explicativo de la "objetividad sin paréntesis".
Si el observador acepta la pregunta, se hace cargo de que en la experiencia misma no puede distinguir entre ilusión* y percepción*, y se da cuenta de que explica su experiencia con coherencias de su experiencia.
En este camino explicativo el observador es consciente de que no puede pretender explicar su experiencia haciendo alguna referencia a una realidad independiente de su operar.
Maturana llama a este camino el camino explicativo de la objetividad entre paréntesis (objetividad).
En fin, nos movemos en un camino explicativo o en el otro según nuestras emociones. Cuando queremos que otra persona haga lo que nosotros queremos que haga, somos objetivos y realistas.
Pero cuando nos interesa la compañía del otro, cuando lo que nos interesa es el otro, uno nunca es objetivo o realista. Uno nunca es objetivo o realista con sus amigos.
Notas Varias:
Experiencia: La experiencia es lo que distinguimos que nos pasa, distinción que hacemos en el lenguaje.
Percepción: hablamos como si aquello que decimos que vemos, que distinguimos, fuese independiente de nosotros.
Ilusión: Cuando hablamos de haber tenido una ilusión, lo que estamos diciendo es que tuvimos una experiencia que vivimos en el momento de vivirla como una percepción, pero que después comparándola con otra experiencia nos dimos cuenta de que no era válida.
Lo interesante de la ilusión es que cuando uno vive una ilusión uno la vive como una experiencia de percepción en el momento en que la vive, y es sólo después que la descalifica como ilusión.
Mentira: La palabra “mentira” hace referencia a situaciones en las cuales uno dice algo en circunstancia de que uno sabe, en el momento en que lo dice, que lo que está diciendo no es válido.
O sea, la mentira ocurre en el momento en que ocurre. Uno miente cuando miente.
Error: El error es diferente. El error ocurre después. “Discúlpenme, ayer me equivoqué. Cometí un error”.
“En el momento en que dije lo que dije, yo pensaba que era válido, pero ahora me doy cuenta que por tales circunstancias, que no, me equivoqué”. Uno no se equivoca en el momento en que se equivoca, se equivoca después.
Uno vive la experiencia que vive como válido en el momento de vivirla, y es solamente después, en relación con otra experiencia que puede descalificarla como un error.
Wednesday, September 14, 2005
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